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Lluis Coll

Desde la creación de la Agencia Tributaria se ha ido dotando de cuantiosas inversiones en medios informáticos, alcanzando niveles de control tributario muy cualificados. Obviamente, toda la información de que dispone la AEAT ha sido obtenida de los propios contribuyentes, entidades, organismos y profesionales obligados a suministrar la información en que han intervenido.

Una vez ha sido obtenida toda la información con trascendencia tributaria debe tratarse con criterios sistemáticos y coherentes.

En los últimos años debemos destacar una ingente labor en detectar cualquier error producido en las respectivas autoliquidaciones, lo cual puede ser útil desde el punto de vista puramente recaudatorio y sobretodo psicológico sobre el propio contribuyente para que se sienta más controlado.

Sin embargo, este sofisticado sistema de control informático con sus multiples cruces de datos fiscales y posibilidades infinitas de planes de inspe cción, deviene ineficaz en la lucha contra el fraude fiscal (con mayúsculas). Prueba de ello la tenemos en que los más grandes descubrimientos de fraude nacen en el ámbito judicial, en delaciones, en comprobaciones rutinarias sin ánimo de investigar, etc.

Nos preguntamos si toda la ingente cantidad de datos que requiere la AEAT a sus contribuyentes y colaboradores, sigue teniendo la utilidad que tuvo inicialmente; o acaso, ya nos hemos ido acostumbrando a los mecanismos de trabajo de los ordenadores y a la propia lógica de los mismos, con lo cual sabemos de antemano los procesos lógicos para detectar los posibles errores.

¿Estamos en la clásica pregunta de si ya son los propios ordenadores los que controlan a los contribuyentes, con total descontrol de los funcionarios, siendo su labor meramente operativa ?

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