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Sara Torregrosa Hetland

Creo que la iniciativa de discusión del sistema impositivo es totalmente bienvenida, tras un periodo largo de funcionamiento del modelo surgido en la transición y especialmente en un momento de crisis como el actual. La coyuntura sin duda añade urgencia a problemas que venían manifestándose con anterioridad, y hace de la suficiencia una cuestión central.

Habría que enfatizar el tratamiento del sistema como un todo, y en este sentido encuentro que falta en las aportaciones una inmersión también en las cotizaciones a la Seguridad Social, que tienen un carácter asimilable en buena medida al de los impuestos. No en vano, ya en varias ocasiones se ha planteado su reforma de modo conjunto.

Estamos en un momento en que se cuestionan la legitimidad del gobierno y del sistema impositivo. Éste debería rediseñarse para cumplir mejor las funciones a que dice servir, y que son muchas y en parte contradictorias. Ganar, o recuperar, legitimidad es central en ese rediseño. El análisis global habría de estudiar la distribución resultante de la carga fiscal (juntamente con la otra cara de la moneda, los gastos que se financian con estas aportaciones). Y para que ésta se considere justa es necesario que se aborden tanto el fraude fiscal genuino, como las otras fisuras existentes en la generalidad. No considero que sea justificable, con el nivel tecnológico actual, el mantenimiento del sistema de estimación objetiva por módulos, o la competencia fiscal a la baja generada en los impuestos de Patrimonio y Sucesiones y Donaciones, que en mi opinión deberían recuperarse afrontando los defectos de que adolecían. En la misma línea, los tipos diferenciados en el IVA posiblemente no sirvan muy bien para reducir la presión sobre los hogares más humildes, habiendo formas más eficaces de conseguirlo, como se ha planteado aquí y en otros trabajos (los tipos diferenciados ya existían en los antiguos impuestos franquistas, y son campo abonado para la actuación de grupos de presión). El gravamen adecuado de las actividades financieras, como se viene discutiendo, es también una parte esencial de una reforma global.

Un problema básico a mi ver es la dimensión territorial: el estado nacional frente a los flujos económicos internacionales, frente a la movilidad de bases imponibles en definitiva, que ha llevado al descenso de la presión sobre el capital. La cooperación internacional es absolutamente necesaria para una lucha eficaz no sólo contra el fraude sino también contra la competencia fiscal. En este sentido, encuentro que las iniciativas de armonización a nivel europeo deberían ser promovidas, al tiempo que se replantease la «desarmonización» a nivel interior.

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